Hay conciertos que se anuncian como grandes eventos y luego se quedan en poco. Y otros que, sin hacer demasiado ruido, terminan siendo los que realmente se recuerdan. El del próximo 25 de abril en la Sala Ton y Son, en Alcorcón, tiene pinta de ser de los segundos.
No es solo por el cartel, que también. Es más bien por el tipo de propuesta. Kano Sunsay vuelve al directo en Madrid en un formato cercano, sin artificios, de esos en los que todo depende de lo que pase ahí dentro, entre el escenario y la gente. Y eso, en el reggae, suele ser buena señal.
La cosa empezará a moverse desde las 20:00, cuando se abran las puertas. A esa hora todavía hay quien entra con calma, mirando el ambiente, pidiendo algo en barra, ubicándose. Pero poco a poco el sitio se va llenando, sube el murmullo, y es ahí donde entra Juan Jordan, encargado de romper el hielo. No es tarea fácil, pero cuando se hace bien, se nota: la gente deja de hablar, empieza a asentir con la cabeza, y el concierto ya ha empezado aunque todavía falte el plato fuerte.
Después llegará Kano Sunsay, que no necesita demasiada presentación dentro de la escena. Lleva años en esto, sin grandes focos pero sin desaparecer, que a veces tiene más mérito. Su estilo se mueve entre el reggae más consciente y sonidos que miran al presente, sin perder del todo la raíz. No es el típico artista que busca solo hacer ruido; hay intención detrás, y eso se percibe en directo.
A su lado estará TCap Selektah, que juega un papel más importante de lo que a veces se piensa. No es solo “el que pone música”. Es quien sostiene el ritmo, quien sabe cuándo apretar y cuándo bajar, quién lee al público sin que se note. En ambientes así, ese equilibrio lo es todo.
La sala también influye. Ton y Son no es un sitio enorme, y eso aquí suma. No hay distancia real entre quien canta y quien escucha. Si la noche funciona, se nota en la piel: el calor, el sonido rebotando, la sensación de estar dentro de algo que está pasando de verdad, sin pantallas de por medio.
En los últimos años, el reggae ha ido encontrando su sitio otra vez en Madrid. Quizá no como tendencia masiva, pero sí como una escena que se mantiene viva, con su público fiel y gente nueva que se acerca poco a poco. Eventos como este ayudan a eso, a que no se pierda.
Además, el precio de las entradas no es una barrera, y eso también se agradece. Permite que vaya gente distinta, no solo los de siempre. Y muchas veces ahí está la gracia: en mezclar públicos, en que alguien vaya “a ver qué tal” y salga con la sensación de haber descubierto algo.
No hace falta venderlo como algo histórico. Probablemente no lo sea. Pero sí puede ser una de esas noches que se sienten auténticas, que es justo lo que a veces cuesta encontrar.
Y al final, de eso va todo esto. De salir, escuchar, y durante un rato olvidarse un poco del resto.




